Hermes Castañeda Caudana
Los sentidos poseen memoria. Por eso, al
estar de nueva cuenta en los lugares adonde protagonizamos vivencias
significativas, los olores, sonidos, colores, sabores y
sensaciones en la piel, nos recuerdan sin remedio aquellas historias que
vivimos y, sin saberlo, nos acompañan en nuestro andar. Hoy, una novel
escritora nos devuelve la inocencia de la infancia a través de narrar un
episodio de la suya… en días de feria.
La feria quiere feria, original de Magdalena Guzmán Alvarado
Era un día muy caluroso del mes de
febrero y, de regreso del mercado al lado de mi madre, pasábamos por la cruz
calle formada por el zócalo, iglesia de San Francisco, monumento a la bandera y
la gran tienda Kaliz en donde se encontraba todo tipo de ropa –desde un
calzoncito hasta una colcha–. Ese lugar era el mero centro de Iguala. Ahí
estaban los juegos mecánicos; se veían viejos, todos enmohecidos, con figuras
infantiles pegadas por todos lados para que pudieran ocultar un poco lo
maltratados que estaban y, con letras grandes, el nombre “ATRACCIONES ROSALES”.
Mientras mi vista recorría todos los juegos que había, mi mamá avanzaba
caminando.
–¡Mamá, mamá, súbeme
a los juegos! –le grité muy entusiasmada.
–No hay dinero,
apúrate, ya es tarde, no se va a cocer la comida.
Insistiendo le dije:
–Mira, ven a ver cómo
llega ese juego hasta arriba. ¡De ahí se van a caer!
–Apúrate te digo, ¡o
te va a caer a ti! ¡Ya vámonos!, tus hermanos han de tener hambre –me contestó
enojada.
–Siempre lo mismo,
mamá, nunca me subes a los caballitos, a la ola, a las sillitas voladoras, a
nada, no hay dinero, ¡no hay dinero!, ¡ya estoy enfadada con lo mismo!, cada vez
que veo algo y lo quiero, ¡no hay dinero! Yo no entiendo por qué vienen los
juegos aquí y no me subes. ¡De verdad que no lo entiendo!
–Mira, te voy a
explicar para que entiendas. Ésta es la feria a la bandera, cada año vienen los
juegos, los puestos grandes de dulces, los churros…
–¡Pues aunque sea un
churro cómprame! –la interrumpí bruscamente.
–¡Apúrate, camina rápido! Los churros los
venden sólo en la noche, ¿que no ves que los puestos están cerrados y los
juegos ahorita no funcionan? ¡Están más calientes que el diablo! Además, ya te
dije que no hay dinero y, como dicen, ¡la feria quiere feria!
Muy enojada, caminé
pensando en voz alta: “puras palabras, aunque los pinches juegos funcionen y
los puestos estén abiertos, seguro no me compra nada, con eso de que no hay
dinero. Pero para qué tantos hijos si yo nací primero, fui la que estrenó el
vientre de mi madre, y la que por primera vez abrió matriz, a mí tendrían que
comprarme todo lo que pidiera porque soy la única que tuvo ese privilegio ¡y
ninguno de mis hermanos lo tendrá jamás!
Llegué antes que mi
mamá a la casa y, como una acusación, le platiqué a mi abuelita mi enojo, que
no me había comprado nada en la feria, que sólo me llevó a caminar con tanto
sol que me quemaba mis tiernos brazos y todo para decir, ¡no tengo dinero!, a
cuanto le pedía. Mi abuelita que me quería tanto, me acarició mi largo cabello,
negro y lacio diciéndome:
–No te enojes
morenita, la feria es por la noche,
ahorita no hay nada.
Por la noche mi
abuelita me llevó a la feria. Un ruido fuerte de los viejos juegos, las bocinas
de los comerciantes vendiendo los ponchos para el frío que no había, “…si se
lleva éste le regalo este otro y éste más…” Caminamos por los puestos y el
olorcito inconfundible de los churros nos hizo llegar ahí.
–Abuelita, ¿me
compras churros?
–Sí, pero te vas a
subir a un solo juego.
–Sí, abuelita, porque
no hay dinero y la feria quiere feria, ¿verdad? ¡¡¡Ja-ja-ja-ja!!!
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| Magdalena Guzmán Alvarado. Mujer que como filigrana, teje la Literatura con la pericia que solamente brinda la experiencia. |
Escríbanos: el.arte.del.striptease@gmail.com


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