sábado, 25 de febrero de 2012

Beso de ángel

 Hermes Castañeda Caudana


–¡Nieves, nieeeves! ¡Pásele, aquí están sus ricas nieves! ¡Hay de guanábana, coco y maracuyá! ¡De vainilla, limón y beso de ángel! ¡¡¡Páaasele!!!
     Cada noche Cristina insistía con vehemencia, pero nadie llegaba hasta el final de aquel pasillo de la Feria a la Bandera. No habían funcionado los artilugios publicitarios de la guapa sanmarqueña de ojos azabache, pelo rizado, senos triunfantes y caderas traviesas. La desteñida lona que había colgado a duras penas, al fondo de aquel túnel solitario, tampoco había ayudado. Nada atraía hasta su puesto a los paseantes. Para colmo de males, a lo lejos, miró venir a Rafael, el encargado de la sección de agroindustria adonde la habían asignado, caminando en zigzag y con un tarro de cerveza tan grande que apenas y podía sostenerlo entre sus dedos, pequeños y repulsivos como todo él.
     –Ya sabes a lo que vengo, negra –balbuceó el bribón sujeto, dirigiendo la primera de sus miradas lujuriosas, directamente adonde nacían los senos de Cristina.
     –Negros los zopilotes, ¡jijo’e la chingada! –arremetió ella en seguida, jamás resignada al menosprecio de ningún atrevido.
     –No te pases, negra, pues. Si fueras hombre te haría tragar tus palabras.
     –Como si ser hombre sirviera de mucho –aclaró ella–. A ti de poco te sirve. El chile nomás lo traes de adorno.
     –Ya, pues, mujer, cálmate –trató de conciliar Rafael, al mirar una llama que crecía en los pequeños ojos de Cristina–. Sin embargo, volvió a la carga.
     –¿Ya tienes los diez mil pesos que vas a pagarme? Porque si no es así, te me largas ahorita mismo con todo y tu orgullo a otra parte –soltó de golpe mientras tronaba los dedos al compás de sus palabras.
     –El que se va a largar eres tú, el presidente municipal estuvo en mi puesto hoy por la mañana y me dijo que hasta que no se levanten mis ventas, no hablaríamos del pago –afirmó ella con seguridad, sintiendo hervir su sangre de mujer costeña.
     –¡Sí, cómo no! –dijo sonriente Rafael, con un brillo lascivo en la mirada– aunque pues de que hay modo de arreglarnos lo hay, negrita, todo es cosa de que quieras.
     –¡Pues no quiero! ¿Crees que porque ando sola no puedo defenderme de bichos como tú? ¡Te me largas! ¡O trata de correrme y a ver de a cómo nos toca!
     Cínicamente, él respondió al desafío de la morena con una carcajada que hizo mugir a más de una vaca de la exposición ganadera que estaba a unos pasos de ellos. Con impotencia, ella derramó una lágrima que se limpió al instante con el mandil. De pronto, todo dio una vuelta de tuerca.
     –Pinche Rafael, cómo serás –dijo Cristina con una actitud opuesta a la anterior–. Espérame con la cuota, cabrón, no seas así.
     –¿Ya ves cómo hablando nos entendemos, negrita? –dijo él relamiéndose– dame un beso de ángel para empezar y puede que nos arreglemos.
     –Artísticamente, Cristina se dio la vuelta para buscar algo en la bolsa del mandado adonde guardaba sus escasas pertenencias. Empuñó un objeto con la mano izquierda y la escondió de la vista de Rafael. Con mirada que anunciaba caricias, se dio la vuelta y lo invitó a seguirla más al fondo, adonde comenzaba el pasillo contiguo y estaba instalada la exposición ganadera. La medianoche había vaciado por completo el lugar de los pocos rancheros interesados en comprar reses y borregos. Al verlo indeciso, lo tomó de la mano al tiempo que le obsequiaba una destellante sonrisa y lo atrajo hacia ella, en aquel recoveco de sombras junto a un gran cebú. Aprovechó tan solo un descuido del bellaco para asestarle un golpe certero con el ángel de madera que siempre protegía a Cristina de todo mal, al tiempo que exclamaba con voz ahogada:  –¡Aquí está tu beso de ángel, desgraciado! –Dos golpes más y los estertores de Rafael cesaron, empapadas sus ropas por completo, a partes iguales de sangre y el resto de cerveza Indio que todavía llevaba en el tarro. Con temple de acero, la voluptuosa sanmarqueña arrojó el cuerpo del rufián a las patas del toro y volvió a su puesto. Aliviada, recogió sus utensilios de trabajo. Había terminado la jornada. Al otro día sería 24 y las ventas tal vez se compondrían. El ángel protector volvió a su sitio, una vez limpio tras tallarlo con una franela roja y un poco de nieve de limón.
     De camino a la vendimia de atole y tamales oaxaqueños para la cena, con voz baja y ronquita, Cristina todavía mascullaba: –De eso y más es capaz una costeña con fuego en la sangre…
     Escríbanme: el.arte.del.striptease@gmail.com

sábado, 18 de febrero de 2012

La más ardiente pasión


Hermes Castañeda Caudana
Iniciamos para ustedes, las Confesiones de un grupo de Locos Escritores, amantes de las palabras. Con gusto, más adelante les desvelaré cómo fue nuestro proceso creador. Ahora… ¡comienza el espectáculo!

La más ardiente pasión, original de Martha Jared Loza Gutiérrez
Mientras el coro de la iglesia cantaba –y se dejaban oír las guitarras y murmullos de las personas que estaban ahí para dar las mañanitas a la Virgen de Guadalupe– nosotros, cada uno en un extremo de aquel recinto sagrado, esquivábamos mutuamente nuestras miradas, tratando de disimular la lujuria que nos invadía. Aquel lugar, ¡no era el indicado para caer en tentaciones! Sin embargo, nuestros cuerpos se atraían irresistiblemente a pesar de nuestros esfuerzos.
     ¡Ni modo! No había de otra, ¡tenía que darte tu regalito! Así que te mandé un mensaje de celular que decía: “me voy a salir, sal, te daré algo que te encantará. No tardes”. Y tú, ¡saliste súper rápido! Pensando quién sabe qué cosas.
     Ya estando juntos nos dirigimos a tu carro a dejar el obsequio que te di. Evitamos el más mínimo roce de nuestros cuerpos, no obstante, nuestras miradas revelaban la más ardiente pasión. ¡Pero no era el lugar ni momento apropiado para pensar en calenturas!
     Regresamos a la iglesia, tratando de no mirarnos uno al otro. Intentábamos disimular que nuestros cuerpos se  necesitaban. Hacía mucho frío pero, en nosotros, crecía la llama del deseo. ¿Qué momento, no? En eso, tu tía nos habló para pedirnos que le ayudáramos a llevar unas cosas a su casa. ¡Quién lo diría! Parecía que el universo se volvía nuestro cómplice. Ambos estábamos tan excitados, ¡que hasta brotaban chispas de nuestros cuerpos!
     Llegamos al lugar que se nos había indicado, dejamos ahí las cosas que llevábamos ¡y salimos huyendo! ¡Y es que todo era propicio para el amor! Las llamas de las velas en el altar, dando un efecto de penumbra al recinto; únicamente un foco encendido, completando tan mágica atmósfera. La casa sola y… ¡lo mejor! Se sentía tan calientita… ¡Todo aquello alteró todavía más nuestras hormonas!
     Ya era casi la una de la madrugada y las mañanitas habían terminado. Me fui con mi abuelita a su casa, muy triste, porque ya no tendría cerca la tentación de tu presencia. ¡Ni modo! El boiler tenía que apagarse. Llegando, como tenía mucho frío, me puse un suéter y me fui a la cama. Quería soñar contigo. Pero, ¡oh sorpresa! En eso recibí un mensaje que decía: “¿Quieres y puedes para vernos ahorita?” ¡No lo pensé dos veces! De inmediato, te respondí: “Claro, estoy en casa de mi abue, aquí te espero”.
     Sabía lo que ocurriría. Estaba helada pero, a la vez, mis manos sudaban. ¡Por fin sería la ocasión perfecta! En menos de cinco minutos ya estabas afuera, esperando. Con sigilo, me escabullí a tu encuentro. Al verme, una pícara sonrisa iluminó tu cara. Abriste la puerta del auto y me subí. En ese momento, dijiste: –ponte el cinturón, nena. –¡Por un instante pensé en bajarme del carro! Pero la letra de “Contigo Aprendí”, en la voz de Alejandro Fernández, comenzó a sonar y me detuve. Nuestras miradas se encontraron y se hizo el más profundo silencio. Sólo queríamos llegar a un lugar que fuera nuestra guarida, porque el deseo que sentíamos ya no podía contenerse más.
     Al llegar al sitio elegido dijiste: –nena, no te preocupes, no pasará nada que tú no quieras, pero… por lo menos dame chance la puntita. –En ese instante yo, totalmente decidida, repliqué: –no,  ¡ni madres!¡¡¡Toda o nada!!!
     Y al fin, la más ardiente pasión nos consumió en sus llamas.


Martha Jared Loza Gutiérrez, joven y audaz escritora guerrerense.

sábado, 4 de febrero de 2012

¡¡¡Y comienza el espectáculo!!!


Hermes Castañeda Caudana
Música de suspense anuncia su inminente aparición en el escenario. Generosos y atronadores aplausos no se hacen esperar. De repente: todo en penumbras. Hasta que un haz ¡la ilumina! Solamente el efecto del hielo seco disimula su hermosa desnudez. La música se torna, para entonces, ya más cadenciosa. Y, ante la multitud frenética… ¡¡¡la escritora se comienza a vestir!!!
     Así es. Los escritores hacemos striptease todo el tiempo. En el origen del proceso creador, acopiamos materia prima para escribir y ¿adónde se halla el manantial del que abrevamos si no es en nuestra propia vida? Nos desnudamos. Sin embargo, cuando convertimos este material acopiado en obra literaria –léase aquí narrativa porque la poesía es punto y aparte–, seleccionamos lo que habremos de contar, le colocamos fronteras, cambiamos un detalle aquí, aderezamos la historia con algo de imaginación e inventamos un personaje y otros detalles más allá. Vamos dando forma a una pieza literaria de la que ya no importa sino su efecto persuasivo: la desnudez inicial ha quedado cubierta ¡y ahora comienza el verdadero espectáculo!
     En más de una ocasión, al surgir como tema de alguna tertulia una obra literaria recién publicada por algún amigo, tiene lugar el debate: ¿en qué medida lo que se narra desvela a la persona detrás del escritor? ¿Cuánto de su propia vida se deja entrever en lo que escribe? El diálogo a que esto da lugar, desde luego, es jocoso y rico en anécdotas y críticas sobre la vida del autor. Pero lo que se está haciendo, en todo caso, nada tiene que ver con la obra literaria. Si ésta es el tema y no la vida privada de quien la escribe, entonces lo primordial sería considerar, ¿entré en  complicidad con el autor al creerme la historia contada? ¿Me ocasionó placer, disgusto u otra reacción que alejó la indiferencia de mi experiencia como lector? Porque aunque sea verdad que todo lo que parimos literariamente tiene que ver con quien lo escribe, la literatura no tiene como objetivo contarnos chismes sobre la vida de los otros. Igualmente que al disfrutar una bella pintura o al vibrar nuestros sentidos con una pieza musical, si la experiencia literaria nos provoca un goce estético, estamos ante una obra de arte. No es la desnudez, empero, del artista lo que nos induce a tal efecto, aunque el autor subyazca desnudo en lo que ha creado. Es el striptease invertido del narrador, lo que hace que una historia nos permita pensar y emocionarnos, hasta el punto de sentir que nuestra vida es mejor después de haberla leído.
     Mil GRACIAS a mi querida amiga Yeny Marchán, por devolverme la felicidad de que mis palabras y las de otros Locos Escritores huelan de nueva cuenta a tinta y a papel. A partir de hoy, cada sábado, en este espacio les compartiré historias que resultan del proceso creador de noveles artistas que experimentan junto conmigo el arte del striptease. Los invito a leernos y, también, a participar con nosotros a través de sus escritos que nazcan de los temas, recursos y técnicas que les iremos presentando.
     Por igual, mi agradecimiento y cariño de siempre a Rosario Román Alonso: ¡tu arte visual llena de lujo mi nuevo espacio!
     Escríbanme, recibiré con agrado sus aportes y sugerencias: el.arte.del.striptease@gmail.com