sábado, 18 de febrero de 2012

La más ardiente pasión


Hermes Castañeda Caudana
Iniciamos para ustedes, las Confesiones de un grupo de Locos Escritores, amantes de las palabras. Con gusto, más adelante les desvelaré cómo fue nuestro proceso creador. Ahora… ¡comienza el espectáculo!

La más ardiente pasión, original de Martha Jared Loza Gutiérrez
Mientras el coro de la iglesia cantaba –y se dejaban oír las guitarras y murmullos de las personas que estaban ahí para dar las mañanitas a la Virgen de Guadalupe– nosotros, cada uno en un extremo de aquel recinto sagrado, esquivábamos mutuamente nuestras miradas, tratando de disimular la lujuria que nos invadía. Aquel lugar, ¡no era el indicado para caer en tentaciones! Sin embargo, nuestros cuerpos se atraían irresistiblemente a pesar de nuestros esfuerzos.
     ¡Ni modo! No había de otra, ¡tenía que darte tu regalito! Así que te mandé un mensaje de celular que decía: “me voy a salir, sal, te daré algo que te encantará. No tardes”. Y tú, ¡saliste súper rápido! Pensando quién sabe qué cosas.
     Ya estando juntos nos dirigimos a tu carro a dejar el obsequio que te di. Evitamos el más mínimo roce de nuestros cuerpos, no obstante, nuestras miradas revelaban la más ardiente pasión. ¡Pero no era el lugar ni momento apropiado para pensar en calenturas!
     Regresamos a la iglesia, tratando de no mirarnos uno al otro. Intentábamos disimular que nuestros cuerpos se  necesitaban. Hacía mucho frío pero, en nosotros, crecía la llama del deseo. ¿Qué momento, no? En eso, tu tía nos habló para pedirnos que le ayudáramos a llevar unas cosas a su casa. ¡Quién lo diría! Parecía que el universo se volvía nuestro cómplice. Ambos estábamos tan excitados, ¡que hasta brotaban chispas de nuestros cuerpos!
     Llegamos al lugar que se nos había indicado, dejamos ahí las cosas que llevábamos ¡y salimos huyendo! ¡Y es que todo era propicio para el amor! Las llamas de las velas en el altar, dando un efecto de penumbra al recinto; únicamente un foco encendido, completando tan mágica atmósfera. La casa sola y… ¡lo mejor! Se sentía tan calientita… ¡Todo aquello alteró todavía más nuestras hormonas!
     Ya era casi la una de la madrugada y las mañanitas habían terminado. Me fui con mi abuelita a su casa, muy triste, porque ya no tendría cerca la tentación de tu presencia. ¡Ni modo! El boiler tenía que apagarse. Llegando, como tenía mucho frío, me puse un suéter y me fui a la cama. Quería soñar contigo. Pero, ¡oh sorpresa! En eso recibí un mensaje que decía: “¿Quieres y puedes para vernos ahorita?” ¡No lo pensé dos veces! De inmediato, te respondí: “Claro, estoy en casa de mi abue, aquí te espero”.
     Sabía lo que ocurriría. Estaba helada pero, a la vez, mis manos sudaban. ¡Por fin sería la ocasión perfecta! En menos de cinco minutos ya estabas afuera, esperando. Con sigilo, me escabullí a tu encuentro. Al verme, una pícara sonrisa iluminó tu cara. Abriste la puerta del auto y me subí. En ese momento, dijiste: –ponte el cinturón, nena. –¡Por un instante pensé en bajarme del carro! Pero la letra de “Contigo Aprendí”, en la voz de Alejandro Fernández, comenzó a sonar y me detuve. Nuestras miradas se encontraron y se hizo el más profundo silencio. Sólo queríamos llegar a un lugar que fuera nuestra guarida, porque el deseo que sentíamos ya no podía contenerse más.
     Al llegar al sitio elegido dijiste: –nena, no te preocupes, no pasará nada que tú no quieras, pero… por lo menos dame chance la puntita. –En ese instante yo, totalmente decidida, repliqué: –no,  ¡ni madres!¡¡¡Toda o nada!!!
     Y al fin, la más ardiente pasión nos consumió en sus llamas.


Martha Jared Loza Gutiérrez, joven y audaz escritora guerrerense.

No hay comentarios:

Publicar un comentario