domingo, 10 de junio de 2012

La taza de baño


Hermes Castañeda Caudana

Hoy, les obsequio una probadita del banquete preparado para todos ustedes, mismo que degustaremos en la Tertulia Literaria a realizarse el próximo 18 de junio en la antigua Estación del Ferrocarril, a partir de las 17:00 horas. Doy por ello mis agradecimientos a la profesora Cecilia Zúñiga Gómez por las facilidades concedidas, así como al maestro Mario Rodríguez Díaz y a todo el personal de la Casa de la Cultura Zona Norte de la UAG, por el apoyo decidido e incondicional brindado a nuestro grupo de Locos Escritores y Escritoras. Como siempre, son bienvenidos sus comentarios y aportes: el.arte.del.striptease@gmail.com

La taza de baño, original de Soledad Manzanares Hernández
Hola, ¿qué les puedo decir? Mi trabajo no es el más bonito que digamos, es más, les aseguro que ninguno de ustedes quisiera estar en mi lugar.
      En ciertas ocasiones, algunas personas llegan hasta a bendecirme por encontrarme en su camino, pero después de un rato ni las gracias me dan, y otros tantos terminan pagándome mal, dejándome totalmente sucia.
      Sí, soy lo que algunos de ustedes están pensando. Soy una taza de baño. Pero no de cualquier baño, ¿eh? ¡Nooo! Soy la taza de un baño público de mujeres en el mercado. En donde, por cierto, he logrado conocer diferentes tipos de traseros. Desde aquellos glúteos caídos, planos y flácidos, hasta los bien redonditos y duritos.
      Por ejemplo, doña Tencha, una señora obesa y dueña del puesto de ropa de la entrada, ¡tiene una exageración de nalgas!, y cuando se posa en mí, éstas se  desparraman por todos lados. ¡Vaya que está pesadita! ¡Ah! y todavía se da el lujo de ponerse a leer su revista Tvynovelas o el periódico y así se le va hasta media hora, sentadota sobre mí; tanto, que a veces ya no sé si la que puja es ella o soy yo.
      También está Renata, la hija de los dueños del puesto más grande de zapatos, y quién por cierto, es sobrina de doña Tencha. Ella por lo regular me visita después de la hora de la comida, para devolver los sagrados alimentos que ingiere junto con la familia. Es una adolescente muy bonita y con un cuerpo demasiado esbelto, quien teme ser gorda como su tía o como su mamá.
      Y no hablemos de la presumida de doña Chuy, la esposa del carnicero, una cuarentona que se jacta de tener un hermoso trasero, y quien en realidad usa un calzón con esponja, eso sí, ¡carísimo!, de esos que anuncian en la tele. Porque al natural, ella tiene nalgas de cebolla: ¡para llorar! Vaya que si yo hablara…
      En realidad los únicos glúteos que yo he visto hasta ahorita muy bien formados y bonitos, casi, casi, como los de la Jennifer López, son los de la muchacha del puesto de las aguas frescas, de esos sí no hay nada que decir; bueno, de ellos no, pero de ella sí… ¡que se anda acostando con el carnicero, esposo de doña Chuy! Eso  lo sé porque a veces, cuando viene, se llaman por teléfono o se mandan mensajes.
      Pero en fin, lo único que les puedo decir es que de todas las tazas de baño de este lugar, soy la más bonita y una de las más nuevas. Gracias a eso, algunas de las mujeres que vienen a diario a estos baños me eligen y, bueno, aquí quién no se entera de los más recientes chismes: que si ésta anda con aquél, que si la hija de fulana es bien puta, que si le están poniendo los cuernos al marido, que si ya un matrimonio se anda dejando y por qué, que si esto, que si lo otro, etc.  Aquí las mujeres no tienen pecho de bodega y suelen hasta ponerle de su cosecha, entonces el chisme ¡sí que se arma en grande!
      Por ellas he logrado conocer  algunos tipos de sentimientos que existen, aunque más negativos que positivos, como la envidia, la avaricia, la soberbia, el ego, el desprecio, el rencor y, sobre todo, la hipocresía.
      Me preocupa que quizás dentro de poco ya no sea la más visitada, pues ya comienzo a llenarme de sarro, y es que la encargada de los baños es nueva y aunque ya le enseñaron cómo asearme, nada más se hace pendeja mensajeándose por el celular con el de los discos piratas, quien según le viene a ayudar a cerrar, pero en realidad se la viene a manosear bien sabroso, y cuando se da cuenta ya se le hizo tarde, por lo que sólo me da una pasadita con la escoba en lugar de tallarme bien con el cepillo y dejar que actúe el cloro activo anti-hongos por lo menos tres minutos. ¡Chingada mocosa calenturienta!, a mí no me talla, pero… ¿qué tal se la tallan a ella?
      ¡Ay! Cómo extraño a Roberta, ella sí que sabía cuidarme y limpiarme muy bien, hasta fragancia fresca me ponía para que al otro día yo estuviera listísima, pero ni modo, así es la vida, hoy les sirvo y quizás mañana no duden en desecharme y cambiarme por una nueva que al igual que yo, se enterará de tantas historias, si no las mismas, segura estoy que parecidas.

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