sábado, 2 de junio de 2012

Palabras que matan


Hermes Castañeda Caudana
“Hoy he matado a Roger Hoolihan. Ha sido poco después de mediodía, como había planeado.” Son las líneas con que Aaron Wechsler comienza su recuento cotidiano en la hoja de diario del 28 de septiembre de 19... Más adelante, describe pormenorizadamente los detalles e, incluso, anticipa que tardarán un par de días en encontrar el cadáver, porque casi nadie abre el armario de almacenaje en que lo ha escondido.
      –¡Qué frialdad en la sangre! –pensarán algunos.
      –¡Qué terrible asesino! –tal vez, exclamen otros.
      Roger, sin embargo, merecía morir. Definitivamente. Por eso fue el número uno en la lista de Aaron. El ahora difunto y los demás, hacen la existencia difícil al personaje justiciero –Aaron– en aquella oficina de correos. Por eso Mac será el dos, Bobby el tres y… y…
      En la realidad construida para sí mismo en que habita, Aaron borra del mapa a los bellacos. Escoge cuidadosamente el arma y el momento. Y entonces lo hace. Una hoja de diario atestigua el crimen. Al otro día, el poder que aquellas indeseables sabandijas tenían sobre él, ha cesado. Para él, están muertos. Y los muertos no le hacen daño a nadie. Aunque gocen de buena salud.
      Genial, como toda su obra, es el cuento Música que mata de Patricia Highsmith, en el que vive Aaron y regresa a las andadas, cada vez que un lector abre las páginas del libro Una afición peligrosa, en que se le ha compilado. Nuevamente, la autora hace traspasar a uno de sus personajes, los linderos de la normalidad –si es que tal cosa existe– y nos muestra a un ser solitario y fuertemente golpeado por la vida –su mujer lo ha abandonado, sus hijos lo han decepcionado–, que asume que el mundo entero está en contra suya. Sobre todo, cuando ponen en la oficina esa odiosa música que lo desquicia. Música que mata. Los compañeros de trabajo de Aaron no son, precisamente, adorables y blancas palomitas; pero él –trastocado por sus desgracias personales–, ensancha las mezquinas intenciones que tal vez en efecto tienen para molestarlo, y entonces decide eliminarlos –uno por uno– en su imaginación, y lo registra en una bitácora de crímenes, que deja constancia de su revancha hacia aquellos a quienes detesta.
      Cuando pensé en llevar al Taller de Creación Literaria El arte del striptease la propuesta de idear y escribir el asesinato imaginario de un personaje literario, me dije que quizá sería muy complicado, que probablemente resultaría un ejercicio escabroso, que se nos dificultaría realizar a todos. ¡Qué equivocado estaba! Tras leer algunos fragmentos de Música que mata y proponer a las Locas y Locos Escritores bosquejar un texto en que un personaje matara a otro en su imaginación, ellas y ellos me miraron con gesto adusto, que el narrador omnisciente que vive en mí, interpretó como un: “¡ahora sí, el maestro en verdad está deschavetado!” No obstante, tras quince minutos de escritura con una música de fondo tenue, y de un silencio de palabras sólo interrumpido por las explicaciones dadas en susurros a quienes llegaron tarde la clase y recién se incorporaban, me esperaba la mayor de las sorpresas.
      Entre risas macabras y aparente timidez antes de leer cada escrito, ¡los participantes se revelaron como sagaces asesinos! Con pistolas, piedras, perforadoras para papel, y otras armas igualmente letales, fueron ultimados nefastos sujetos… que indefectiblemente se lo merecían: un abusivo acosador, una patética mujer injuriosa que inventa un tórrido romance entre una compañera de trabajo –a quien envidia terriblemente– y el jefe de ambas, una trabajadora doméstica explotada por su patrón, un canalla que descaradamente se presenta ante una antigua víctima de amores como si nada hubiera pasado y desea vivir con ella otra noche de romance, y un rival en el grupo de clases a quien hay que hacer pagar su presunción. En la discusión sobre la verosimilitud de cada escrito, además, fluyeron como caudaloso río las sugerencias: al acosador hay que golpearlo repetidas veces con una piedra lisa, una vez que caiga al suelo; a la compañera de trabajo que esparce el rumor de que una maestra de la escuela donde trabaja y el director de la misma son amantes, será mejor ahogarla con una bolsa de plástico ecológica, por aquello del cuidado ambiental; la trabajadora doméstica debe prever muy bien la forma que elija para eliminar al explotador, requiere ser letal y no dejar rastros, ¿tal vez el suministro de algo que envenene lentamente al anciano patrón?; al canalla hay que apuntarle con un arma de fuego para que, en un solitario paraje, ingiera comida hasta indigestarse; y al rival de estudios de la Escuela Normal para profesores de secundaria, hay que ejecutarlo disparando un arma “por accidente” mientras se hace un juego de roles en una clase sobre el desarrollo de los adolescentes, en que se aborde el tema de las pandillas.
      ¡Mis ojos se abrían desmesuradamente! Cada nueva propuesta de los autores ahí congregados era mucho más creativa ¡y perversa! En ese instante me prometí, no enemistarme jamás con los Locos y Locas Escritoras.
      Concluimos, en que la muerte de un personaje literario en la imaginación de otro, precisa de cuidar detalles como construir minuciosamente el perfil del asesino, a fin de que su personalidad sea comprensible, al igual que sus acciones. Como Aaron, el personaje de Patricia Highsmith en Música que mata, cualquier ser humano puede rebasar los linderos de la convencionalidad y transgredir las normas sociales que le han sido inculcadas. El personaje ejecutor, por lo tanto, no debe parecer distinto a cualquiera de nosotros. Logrado esto, se entra en un delicioso juego de complicidad con el creador literario, porque el lector “acompaña” al personaje en ciertas acciones y, de otras, toma distancia; uno puede decir: hasta aquí, haría lo mismo que hace Aaron; hasta este otro punto, ya no. Sin embargo, puede suceder, como me pasa a mí, que termine disfrutándose el cuento intensa y desprejuiciadamente, admirando la pericia del autor o de la autora, al volver creíble una historia de asesinato, que no hace sino arrojar luz sobre los recovecos de la interioridad humana, adonde muchos quizá albergamos a un asesino en potencia, que más vale liberar con arte, en un texto literario.
      Este verano invitaremos a todos ustedes que nos leen, a una tertulia literaria con el tema de las mil y un maneras de ultimar al personaje literario. Con esto, las Locas y Locos Escritores, iniciamos el negro camino del misterio, siguiendo a los grandes; como Patricia Highsmith, Ingrid Noll y José I. Delgado Bahena.
      Estén pendientes, próximamente El arte del striptease vestirá sus oscuras galas. Por eso, más vale no enemistarse con quien tiene el poder en su pluma. Nuestra próxima víctima podrías ser… TÚ.
      Para más perversas ideas y sugerencias, escríbanos: el.arte.del.striptease@gmail.com
Patricia Highsmith, la más grande.






2 comentarios:

  1. Me pusieron a pensar si yo tuviera que crear un personaje asesino, en como lo haria?, cual podria ser su perfil? y como se desarrollaria la historia?. Muy bueno su articulo... saludos

    ResponderEliminar