Hermes Castañeda Caudana
“Hoy he matado a Roger Hoolihan. Ha sido poco
después de mediodía, como había planeado.” Son las líneas con que Aaron
Wechsler comienza su recuento cotidiano en la hoja de diario del 28 de
septiembre de 19... Más adelante, describe pormenorizadamente los detalles e,
incluso, anticipa que tardarán un par de días en encontrar el cadáver, porque
casi nadie abre el armario de almacenaje en que lo ha escondido.
–¡Qué frialdad en la sangre! –pensarán
algunos.
–¡Qué terrible asesino! –tal vez, exclamen
otros.
Roger, sin embargo, merecía morir.
Definitivamente. Por eso fue el número uno en la lista de Aaron. El ahora
difunto y los demás, hacen la existencia difícil al personaje justiciero
–Aaron– en aquella oficina de correos. Por eso Mac será el dos, Bobby el tres
y… y…
En la realidad construida para sí mismo en
que habita, Aaron borra del mapa a los bellacos. Escoge cuidadosamente el arma
y el momento. Y entonces lo hace. Una hoja de diario atestigua el crimen. Al
otro día, el poder que aquellas indeseables sabandijas tenían sobre él, ha
cesado. Para él, están muertos. Y los muertos no le hacen daño a nadie. Aunque
gocen de buena salud.
Genial, como toda su obra, es el cuento Música que mata de Patricia Highsmith,
en el que vive Aaron y regresa a las andadas, cada vez que un lector abre las
páginas del libro Una afición peligrosa,
en que se le ha compilado. Nuevamente, la autora hace traspasar a uno de sus
personajes, los linderos de la normalidad –si es que tal cosa existe– y nos
muestra a un ser solitario y fuertemente golpeado por la vida –su mujer lo ha
abandonado, sus hijos lo han decepcionado–, que asume que el mundo entero está
en contra suya. Sobre todo, cuando ponen en la oficina esa odiosa música que lo
desquicia. Música que mata. Los compañeros de trabajo de Aaron no son,
precisamente, adorables y blancas palomitas; pero él –trastocado por sus desgracias
personales–, ensancha las mezquinas intenciones que tal vez en efecto tienen
para molestarlo, y entonces decide eliminarlos –uno por uno– en su imaginación,
y lo registra en una bitácora de crímenes, que deja constancia de su revancha
hacia aquellos a quienes detesta.
Cuando pensé en llevar al Taller de Creación
Literaria El arte del striptease la
propuesta de idear y escribir el asesinato imaginario de un personaje
literario, me dije que quizá sería muy complicado, que probablemente resultaría
un ejercicio escabroso, que se nos dificultaría realizar a todos. ¡Qué
equivocado estaba! Tras leer algunos fragmentos de Música que mata y proponer a las Locas y Locos Escritores bosquejar
un texto en que un personaje matara a otro en su imaginación, ellas y ellos me
miraron con gesto adusto, que el narrador omnisciente que vive en mí,
interpretó como un: “¡ahora sí, el maestro en verdad está deschavetado!” No
obstante, tras quince minutos de escritura con una música de fondo tenue, y de
un silencio de palabras sólo interrumpido por las explicaciones dadas en
susurros a quienes llegaron tarde la clase y recién se incorporaban, me
esperaba la mayor de las sorpresas.
Entre risas macabras y aparente timidez antes
de leer cada escrito, ¡los participantes se revelaron como sagaces asesinos!
Con pistolas, piedras, perforadoras para papel, y otras armas igualmente
letales, fueron ultimados nefastos sujetos… que indefectiblemente se lo
merecían: un abusivo acosador, una patética mujer injuriosa que inventa un
tórrido romance entre una compañera de trabajo –a quien envidia terriblemente–
y el jefe de ambas, una trabajadora doméstica explotada por su patrón, un
canalla que descaradamente se presenta ante una antigua víctima de amores como
si nada hubiera pasado y desea vivir con ella otra noche de romance, y un rival
en el grupo de clases a quien hay que hacer pagar su presunción. En la
discusión sobre la verosimilitud de cada escrito, además, fluyeron como
caudaloso río las sugerencias: al acosador hay que golpearlo repetidas veces
con una piedra lisa, una vez que caiga al suelo; a la compañera de trabajo que
esparce el rumor de que una maestra de la escuela donde trabaja y el director
de la misma son amantes, será mejor ahogarla con una bolsa de plástico
ecológica, por aquello del cuidado ambiental; la trabajadora doméstica debe
prever muy bien la forma que elija para eliminar al explotador, requiere ser
letal y no dejar rastros, ¿tal vez el suministro de algo que envenene
lentamente al anciano patrón?; al canalla hay que apuntarle con un arma de
fuego para que, en un solitario paraje, ingiera comida hasta indigestarse; y al
rival de estudios de la Escuela Normal para profesores de secundaria, hay que
ejecutarlo disparando un arma “por accidente” mientras se hace un juego de
roles en una clase sobre el desarrollo de los adolescentes, en que se aborde el
tema de las pandillas.
¡Mis ojos se abrían desmesuradamente! Cada
nueva propuesta de los autores ahí congregados era mucho más creativa ¡y
perversa! En ese instante me prometí, no enemistarme jamás con los Locos y
Locas Escritoras.
Concluimos, en que la muerte de un personaje
literario en la imaginación de otro, precisa de cuidar detalles como construir
minuciosamente el perfil del asesino, a fin de que su personalidad sea
comprensible, al igual que sus acciones. Como Aaron, el personaje de Patricia
Highsmith en Música que mata, cualquier
ser humano puede rebasar los linderos de la convencionalidad y transgredir las
normas sociales que le han sido inculcadas. El personaje ejecutor, por lo tanto,
no debe parecer distinto a cualquiera de nosotros. Logrado esto, se entra en un
delicioso juego de complicidad con el creador literario, porque el lector
“acompaña” al personaje en ciertas acciones y, de otras, toma distancia; uno
puede decir: hasta aquí, haría lo mismo que hace Aaron; hasta este otro punto,
ya no. Sin embargo, puede suceder, como me pasa a mí, que termine disfrutándose
el cuento intensa y desprejuiciadamente, admirando la pericia del autor o de la
autora, al volver creíble una historia de asesinato, que no hace sino arrojar
luz sobre los recovecos de la interioridad humana, adonde muchos quizá
albergamos a un asesino en potencia, que más vale liberar con arte, en un texto
literario.
Este verano invitaremos a todos ustedes que
nos leen, a una tertulia literaria con el tema de las mil y un maneras de
ultimar al personaje literario. Con esto, las Locas y Locos Escritores,
iniciamos el negro camino del misterio, siguiendo a los grandes; como Patricia
Highsmith, Ingrid Noll y José I. Delgado Bahena.
Estén pendientes, próximamente El arte del striptease vestirá sus
oscuras galas. Por eso, más vale no enemistarse con quien tiene el poder en su
pluma. Nuestra próxima víctima podrías ser… TÚ.
Para más perversas ideas y sugerencias,
escríbanos: el.arte.del.striptease@gmail.com


Me pusieron a pensar si yo tuviera que crear un personaje asesino, en como lo haria?, cual podria ser su perfil? y como se desarrollaria la historia?. Muy bueno su articulo... saludos
ResponderEliminarMuchas gracias. ¡Anímate a experimentarlo! Saludos.
Eliminar