Hermes Castañeda Caudana
Usted me llamó ladrón
delante de todos y, sin embargo, se declaró ofendida porque respondí a sus
injurias. Le dije; no, le exigí que comprobara sus palabras, y que en lugar de
hacer de su denuncia un espectáculo, debió pedirme que rindiera
cuentas por el dinero que dijo usted que yo robé. Su respuesta, amparada en el
silencio cómplice de las pusilánimes autoridades a quienes recurrí para que
respaldara usted su dicho o se retractara, fue que “aceptaba” conversar conmigo
y arreglar “el asunto”. Ante esto, le pregunto, ¿acaso no también en privado
pudo, como mi superior, haberme llamado a rendir cuentas por mi presunta
falta? Ah, sí, ya sé, es que usted fue diputada y así es como se arreglan las
cosas en la política. Pero le aclaro, señora mía, que en su rol como vicepresidenta
de una empresa, no se encontraba frente a sus acostumbrados adversarios.
Ni tampoco, como allá, cualquiera cruzaría los brazos si lo acusaba
infundadamente. Semanas atrás al incidente –qué contradictorio– usted me dijo:
–Si hoy me
preguntaran quién merece ser el próximo presidente, sin dudar diría que tú. Me
siento tranquila –además añadió– de saber que existe en ti un digno sucesor de
quienes ahora dirigimos "Ediciones Magisterio".
¡Quién lo diría!
¡Cuán cambiante fue su parecer! En seguida, resulté ser para usted un enemigo
repudiado al que había que reprender y exhibir con saña, alevosía y bajeza; con
toda la vulgaridad y encono con que es usted capaz de proceder.
¿En qué la ofendí?
¿Fue por trabajar horas extras sin que me pagara? ¿Fue por lograr en pocos años
de esfuerzo lo que muchos de sus empleados, contratados por ser parientes de gente influyente en el
mundo editorial, jamás hicieron? Ahora lo veo claro… Eso fue, ¿verdad? Hice
enfurecer, sin darme cuenta, a los amigos de los poderosos; los hice verse como
son: ineptos, improductivos y prescindibles. Con toda seguridad, aquel convenio
de distribución de libros del que me nombró responsable, fue la gota que
derramó el vaso. Y, ¿qué se supone que debía hacer? Si usted misma hizo
circular el memorándum con indicaciones de que todos debían involucrarse en la
nueva estrategia “por el bien de la empresa”. Si crecidos por sus ínfulas
muchos no se implicaron en el trabajo, ¿cómo esperaba que procediera?
¿Suplicándoles que asumieran sus funciones? ¿O debía resolver el problema? Hice
lo segundo; recurrí a mis amigos, de aquí y allá, sin retribuirles ni un centavo
por su apoyo y, tal vez, ese fue mi error imperdonable. Me metí en líos con sus
protegidos. ¡Qué ironía! Si supiera lo que en verdad pensaban de usted... Sin embargo,
la danza de la vida me condujo a un mejor lugar. Poco tiempo después de
renunciar, me encontré en una empresa donde me supe valorado y, al fin, formé
parte de un equipo donde se apreciaron mis iniciativas y mi esfuerzo. Así que,
veamos; ahora que no obstante hizo quebrar “Ediciones Magisterio", usted
se postula para presidenta del consorcio editorial al que se unirá la empresa
que dirijo, ¿y me pide que yo convenza al voto a su favor a otros directivos
porque, según me dice, yo la conozco y sé que usted es la mejor alternativa? No,
señora, a diferencia suya yo no me regocijo en la mentira. Cada cual decidirá
lo que opine que es mejor. Y, si me lo permite, ya que su eslogan es “honestidad
ante todo”, le sugiero que en su campaña diga por una vez en su vida, la
verdad. Diga que firma como licenciada, pero que nunca terminó la universidad.
Declare que mientras fue vicepresidenta de “Ediciones Magisterio”, también
cobraba una plaza de maestra que le designaron corruptamente y que nunca
trabajó. Dígalo todo; también que impuso a su hijo como su sucesor, sin tomar
en cuenta sino sus intereses, mezquinos e indignos. Y, si decide del todo
sincerarse, agregue que hasta su imagen de campaña es falsa, porque así como
desea maquillar su ineptitud con influencias y dinero, alguien arregló su foto
prodigiosamente hasta dejarla ver como la que usted no es. ¿Ya ve por qué es inconveniente tener como colaborador cercano a quien luego se elige como acérrimo
enemigo? ¡Qué vueltas da la vida! ¿No lo cree usted así?
Con mis disculpas por
los agravios que le ocasione mi negativa a su ambición, me despido. No puedo
decirle que le brindo mis respetos, sin embargo, porque el respeto se inspira
y, usted, mi muy señora mía, ni el más minúsculo respeto me merece.
El abajo firmante,
Presidente de Ediciones El Cirián.
¡Escríbanme! Los espero en: el.arte.del.striptease@gmail.com

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